Marcelo Constancio, nació en 1965 en Santiago de Chile. Creció parapetado tras un mundo de palabras provenientes de diarios y revistas, cuyas letras su madre recortaba para que aprendiera a leer. Cuando lo hizo, su primer contacto con los libros fue el libro de las Odas Elementales de Pablo Neruda. De ahí en más selló con la poesía un pacto indestructible. Su formación académica lo sitúa recorriendo los pasillos de la Universidad de Chile cuando estudia Teoría e Historia del Arte, con el gran maestro Adolfo Couve, quien descubre en él su vena literaria. Luego bajo el arco de Arcis estudiaría Periodismo. Esta carrera lo vinculó con el ámbito de las comunicaciones institucionales a la par que publicaba su primer libro “Obituario de un artista y otros poemas” (Lom Ediciones, 2003). También ha colaborado con revistas y antologías. Un escritor de largos silencios, pero de provocadora pluma.

Mota Color Ceniza
Esa mañana el frío congelaba el aliento y soplaba en ráfagas densas. Una luz blanquecina e intensa se filtraba entre los nubarrones que avanzaban a ras de los edificios, veloces y amenazantes. Inesperadamente, comenzó una llovizna fina; un barniz de agua helada que se pegaba a la ropa y opacaba las vitrinas de los locales comerciales. Aquel leve golpeteo gris apenas hacía presagiar la tormenta anunciada en la televisión. Los meteorólogos, provistos de tecnicismos, la describían con alarma: un río atmosférico de alto peligro que se desplazaba a gran velocidad, capaz de provocar inundaciones y aluviones.
A PJ la noticia verdaderamente apenas si le importó. De hecho, apagó el televisor con cierto desdén.
—Siempre la misma cantinela —masculló—. Intimidan a la gente y al final son solo cuatro chubascos.
A sus amigos solía recordarles que su padre jamás les prestó atención a los pronósticos porque nunca acertaban. —El tiempo es impredecible y la naturaleza reacciona a su modo frente al daño que le hemos hecho —discurseaba, encendiendo las alarmas de un auditorio que ya bostezaba—. Es un ejemplo de cómo el poder de facto manipula a la ciudadanía. Es cosa de sumar.
Aunque algo de verdad había en sus palabras, PJ aburría con su labia de sabiondo. Apenas arrancaba con su discurso, sus amigos se esfumaban misteriosamente uno a uno. Por mero pacto de cortesía, siempre quedaba un solo superviviente que soportaba estoicamente aquel monólogo, fingiendo una atención extrema mientras PJ engolaba la voz con una pomposidad ridícula, más propia de un predicador que de un amigo.
Aquella madrugada, la apatía gobernaba los primeros pasos de PJ. Como todo un haragán, arañaba las sábanas antes de desperezarse. Luego sacó a pasear a Mota, su perra color ceniza. Mota era un espécimen particular: su quijada aguda hacía que frontalmente solo asomaran sus dientes inferiores, dándole una expresión divertida, como si sonriera. Tenía ojos grandes y nostálgicos, medio ocultos por el tierno desorden de su pelo negro. El vínculo entre ambos era profundo; dormía a sus pies y acostumbraba seguirlo como un imán por el departamento hasta la puerta de salida, donde solía morderle la basta del pantalón en un ritual de despedida.
Al salir al pasaje, PJ notó un cambio extraño en el aire. Gigantescas masas grises se desplazaban pesadamente hacia el oriente, como naves espaciales rumbo a la cordillera. Un viento súbito comenzó a agitar los árboles y a desordenarle el cabello.
Tras dejar a Mota de vuelta en el departamento, caminó hacia el trabajo por la ruta de siempre. Intentó cruzar la calle a mitad de cuadra cuando una motocicleta irrumpió de la nada, casi atropellándolo. El frenazo provocó bocinazos y miradas de reproche desde los parabrisas, pero PJ se quedó inmóvil en el asfalto, ajeno al peligro. No se había percatado de que el semáforo estaba en rojo. Fue como si, por un instante, se hubiera borrado del mapa; algo inaudito en alguien tan pendiente de su entorno.
Espantado por el sobresalto, continuó el trayecto, aunque esta vez con más cautela. En la siguiente esquina esperó la luz verde, cruzó la calzada y se topó con una colega de la oficina.
—Está raro el día, ¿no? —comentó él, buscando validar su inquietud. La mujer asintió con una sonrisa tensa y aceleró el paso, ansiosa por librarse de su verborrea. PJ notó la incomodidad, pero prefirió ignorarla.
Al entrar al edificio de su trabajo, miró de reojo las canaletas del acceso. Estaban colmadas de hojas secas y basura. «Otro año más sin prevención», pensó con amargura. «¿Qué esperan que pase?».
El viento ya no solo soplaba, ahora castigaba su rostro. Un repiqueteo rítmico y constante comenzó a tronar sobre los techos de la ciudad. Las gotas ligeras de la mañana se transformaron de golpe en goterones densos y pesados. PJ alzó la vista al cielo y se quedó impávido, congelado como un fotograma de película.
La lluvia no caía; se desplomaba como un muro sólido y vertical. En cuestión de minutos, el repique rítmico sobre los tejados se convirtió en un rugido ensordecedor. Desde la ventana de su oficina, en el segundo piso, PJ vio cómo la calle desaparecía bajo una capa de agua turbia.
Los desagües que había criticado apenas una hora antes habían colapsado por completo, rebosando y burbujeando como géiseres en miniatura de basura y escombros. El televisor de la sala de descanso estaba encendido de nuevo, con el volumen al máximo para superar el estruendo de la tormenta. El mismo meteorólogo del que se había burlado lucía ahora visiblemente pálido mientras hablaba de puentes derrumbados y de una alerta roja en toda la ciudad. Por primera vez en su vida, PJ se quedó sin palabras. No tenía ningún discurso preparado para aquello. No había ninguna conspiración política que analizar. Sintió un nudo en la gata y sus pensamientos saltaron por encima de sus argumentos teóricos para centrarse en una única imagen aterradora: Mota, sola en la planta baja de su edificio.
—Oye, PJ, mira esto —le llamó un compañero, señalando la pantalla de un teléfono que mostraba imágenes en directo de una cámara de tráfico—. La avenida cerca de tu casa está completamente inundada. Hay coches flotando.
PJ no respondió. Ni siquiera cogió el paraguas; de todos modos, habría sido inútil contra aquel viento. Salió corriendo hacia las escaleras, dejando atrás su chaqueta, su orgullo y la seguridad de la oficina. En cuanto puso un pie en la calle, el agua fría le golpeó como un impacto físico, calándole la ropa al instante. El viento le empujó hacia un lado, pero obligó a sus piernas a moverse, avanzando con dificultad por un agua que llegaba hasta sus rodillas.
La ciudad era una borrosa mezcla caótica de agua gris, sirenas y luces de emergencia parpadeantes. Cuando por fin llegó a su calle, se le encogió el corazón. El canal situado a dos manzanas de distancia se había desbordado. Un torrente marrón bajaba a toda velocidad por el asfalto, arrastrando ramas, contenedores de basura y barro directamente hacia la entrada de su edificio.
—¡Mota! —gritó, pero su voz fue devorada por los truenos. Se lanzó a la corriente y perdió el equilibrio durante un segundo aterrador antes de aferrarse a una farola. Se arrastró hacia las puertas acristaladas del vestíbulo, que ya contenían una capa de agua creciente de unos treinta centímetros. Adentro, temblando en el último peldaño de la escalera, una perrita pequeña de color ceniza miraba a través del cristal; se le veían los dientes inferiores en esa sonrisa familiar e involuntaria, y sus ojos nostálgicos estaban clavados en la tormenta. PJ golpeó el cristal con las palmas de las manos. La cola de la perra se agitó de forma vacilante y frenética. En ese preciso instante, la lluvia arreció aún más, pero PJ dejó de mirar al cielo.
El agua lodosa presionaba los cristales del vestíbulo con una fuerza temible. PJ sabía que el vidrio no resistiría mucho más. A través de la superficie empañada, los ojos de Mota seguían fijos en él, y ese pequeño rabo se movía como un péndulo de pura esperanza.
—¡Atrás, Mota! ¡Atrás! —le gritó PJ, golpeando la parte alta del marco metálico de la puerta, intentando que la perra subiera más peldaños en la escalera.
Mota pareció entender el peligro en la voz de su dueño. Dio dos pasos hacia arriba, pero no dejó de mirarlo. PJ evaluó la situación en un segundo. La puerta principal estaba encajada por la presión del agua exterior; empujarla hacia adentro era imposible y tirar de ella requería una fuerza sobrehumana. Buscó a su alrededor. El torrente de la calle arrastraba de todo. Ignorando el frío que ya le entumecía los músculos, PJ se soltó de la farola. La corriente lo arrastró un par de metros, pero logró asir el pesado poste de madera de una señalética de obras que flotaba a la deriva. Con un esfuerzo supremo que le desgarró las manos, arrastró el madero hacia el vestíbulo.
Levantó el poste con ambas manos y, usando todo el peso de su cuerpo, embistió la esquina superior del cristal. El impacto vibró por sus brazos como una descarga eléctrica. El vidrio templado resistió; se trizó en una telaraña blanca que crujió bajo la tremenda presión del torrente. PJ retrocedió un paso, hundiéndose hasta la cintura, y golpeó de nuevo con furia ciega. Esta vez el ventanal explotó.
El estallido fue sordo, ahogado por la masa de lodo que se coló instantáneamente por la brecha. Una lluvia de fragmentos afilados saltó hacia el interior. La corriente empujó a PJ contra el marco roto. Los cristales rasgaron su piel, pero no se detuvo. Gateó sobre el granito resbaladizo del vestíbulo, estirando los brazos hacia los escalones. Mota, paralizada por el ruido, soltó un quejido agudo justo antes de que las manos ensangrentadas de PJ la aferraran fuertemente contra su pecho.
El regreso al departamento fue un borrón de escaleras interminables, frío calado hasta los huesos y el miedo latiendo en las sienes.
Horas después, sentados en la cocina a oscuras, el caos de abajo parecía pertenecer a otro mundo. Entonces, abrió la lata de atún y compartió un trozo con Mota. Por primera vez, PJ solo escuchaba la respiración tranquila de su perra. Afuera, el rugido del río atmosférico continuaba castigando los techos de la ciudad.