Marcelo Constancio O., nació en 1965 en Santiago de Chile. Creció parapetado tras un mundo de palabras provenientes de diarios y revistas, cuyas letras su madre recortaba para que aprendiera a leer. Cuando lo hizo, su primer contacto con los libros fue un ejemplar de Odas Elementales de Pablo Neruda. De ahí en más selló con la poesía un pacto indestructible. Su formación académica lo sitúa recorriendo los pasillos de la Universidad de Chile cuando estudia Teoría e Historia del Arte, con el gran maestro Adolfo Couve, quien descubre en él su vena literaria. Luego bajo el arco de Arcis estudiaría Periodismo. Esta carrera lo vinculó con el ámbito de las comunicaciones institucionales, a la par que publicaba su primer libro de poesía “Obituario de un artista y otros poemas” (Lom Ediciones, 2003). También ha colaborado con revistas y antologías. Un escritor de largos silencios, pero de provocadora pluma.
Saltamos de la tinta para volvernos inmortales: Breve reflexión sobre fonemas y grafemas
Desde niño, la poesía me deslumbró con la belleza y la magia de las palabras. Para entonces, un sonido era un pájaro, un atardecer, un gesto o una maravillosa alegría. A esa edad un sonido era algo y al mismo tiempo todo. Aún lo es. Podía sentir cómo cada palabra se armaba a través de la ingeniería de los sonidos emulando un significado propio e imborrable que colmaba los espacios transitados antes solo por el silencio. Era el simbolismo de la filigrana de los sonidos. El estadio primigenio del habla. Donde todo lo que somos y hacemos asoma. Evocaciones orgánicas de sensaciones. Sugerencias inmanentes de la potestad de las emociones. Tejidos de un sueño. Espejismo o visión, en fin. Atributos de nuestra humanidad que quedaban trazados en forma de onda en el éter, el agua o en algún objeto sólido. Era respuesta física de un territorio también vacío. Sonido de la lluvia, la espera, el amanecer, la cordillera.
Pero la arquitectura de las letras cobra una dimensión especial cuando aporta espacios de creación sonora. La fonosemántica lo explica. Lo cierto es que cada sonido contiene un significado, una textura. Donde algo es otra cosa posible y no únicamente aquello, aunque a veces inexplicablemente también de otro modo. Es el arco de las letras reunidas estratégicamente para componer un mundo propio: la palabra. Algo que trasciende del papel y cuyo significado apenas leído, comienza a volar por todos los rincones de la casa. Juega con los aromas, los ojos, la memoria. Un prisma de cristal que descompone la mismísima luz del universo ante nuestra impávida mirada.
Por aquellos días mi alma y mis oídos se llenaban de exquisitos, extraños e inefables fonemas. Transformado en un campo abierto para los juegos de voz, solía ejercitar técnica, pura y habitualmente cada sonido. Gritaba, por ejemplo, los iiiiiiii iiiiii iiiiii iiiiiuuuuuu como si fuera el chillido de pájaros cautivos o las ae ae ae ae aeeeeeeeeeeee sobre los mayores promontorios de quebradas en la costa. Resultaban empalagosos. Los oía suspenderse en el aire o caer grácilmente a la nada, después de cada vibración, como si fueran mariposas revoloteando tras ignotas rutas de flores o gotas de lluvia precipitándose finalmente a tierra.
Pero una vez que vi la letra impresa estalló la artesanía en mis manos. Bajo el dominio de espléndidas tijeras iba recortando letras de color rojo, letras de color negro, letras de color azul que extraía de titulares de todos los periódicos de Santiago y cuyo significado aún desconocía. Comencé a construir palabras como un loco, asombrado ante su mayor descubrimiento. Pero también con la paciencia de un sacrosanto constructor de conceptos. Y de mis manos salían racimos de grafemas. Se esparcían en el papel como semillas que darían a luz un mundo nuevo. Entonces percibía la amistad que nace naturalmente entre las letras o bien de cómo surgen aquellas vistosas combinaciones de sonidos que nutren al papel. Ahora las podía ver. Estaban ante mí. De pronto, pasaban de una dimensión a otra. Desde lo invisible a lo visible. Desde lo inmaterial a lo material. Y mis manos podían, al fin, dibujar sentimientos, emociones, historias.
Las palabras pertenecen al cotidiano de todo ser humano. Salen de la tierra, de los bosques, del viento, de un mundo natural que seguimos ignorando o dando su existencia por sentado. Tal vez, sea el lenguaje la mayor riqueza que hemos heredado de toda la historia de lo que hemos conseguido ser en nuestro paso por este planeta. Precisamente, y muy a pesar de que nuestra humanidad se empecina una y otra vez en querer olvidarlo, es el lenguaje lo que nos vuelve seres especiales, únicos e irrepetibles, porque con él saltamos desde el polvo celeste y cobramos corporeidad y consciencia. Saltamos de lo invisible para volvernos atmósfera, memoria y espacio. Saltamos de la tinta para atrapar el relato y la historia. Saltamos de la poesía para perseguir aquella ansiada inmortalidad.