Columna de Opinión de Marcelo Constancio Olivares “El Delirio de Chile o la Patria que nos Queda”

Columna de Opinión de Marcelo Constancio Olivares “El Delirio de Chile o la Patria que nos Queda”

Marcelo Constancio Olivares, nació en 1965 en Santiago de Chile. Creció parapetado tras un mundo de palabras provenientes de diarios y revistas, cuyas letras su madre recortaba para que aprendiera a leer. Cuando lo hizo, su primer contacto con los libros fue un ejemplar de Odas Elementales de Pablo Neruda. De ahí en más selló con la poesía un pacto indestructible. Su formación académica lo sitúa recorriendo los pasillos de la Universidad de Chile cuando estudia Teoría e Historia del Arte, con el gran maestro Adolfo Couve, quien descubre en él su vena literaria. Luego bajo el arco de Arcis estudiaría Periodismo. Esta carrera lo vinculó con el ámbito de las comunicaciones institucionales, a la par que publicaba su primer libro de poesía “Obituario de un artista y otros poemas” (Lom Ediciones, 2003). También ha colaborado con revistas y antologías. Un escritor de largos silencios, pero de provocadora pluma.

El Delirio de Chile o la Patria que nos Queda

Cada año que se aproxima la celebración de nuestras Fiestas Patrias se nos viene un mismísimo río atmosférico de patriotismo, una rutina de chilenidad desbordante. Es el instante en que los hitos se repiten de memoria, casi mecánicamente para conservar la tradición, mantener viva la memoria colectiva, fortalecer la identidad nacional y, de paso, asegurar la transmisión de los valores fundamentales de una generación a otra. Se comprende. Es de esta manera como las sociedades crean un sentido de continuidad, cohesión social y pertenencia.

La televisión nos inunda con spots al por mayor que nos recuerdan los asados, el vino tinto, las banderitas y cuecas varias. Mientras el Gobierno anuncia bonos y beneficios con entusiasmo, la realidad es que el costo de la canasta básica dieciochera—la carne, las verduras para las empanadas y el carbón— ha subido tanto que el aguinaldo apenas cubre una fracción de la celebración. El “bienestar” prometido se esfuma en una sola tarde de supermercado.

En la cabeza de nuestros connacionales asoman con profusión los rostros de nuestros legendarios próceres de la Independencia, las representaciones sobre la Primera Junta Nacional de Gobierno y los bailes de la época colonial en los colegios. Siempre a mediados del calendario Chile vive y padece lo que es definido como un sentimiento patrio. Es lo que conocemos como afecto y orgullo hacia nuestra tierra natal o bien adoptiva. Es el vínculo emocional que nos ata a la historia, la cultura, los valores y las tradiciones que compartimos. Este mismo vínculo emocional es el que nos impulsa a unirnos como comunidad y construir el bienestar de nuestro país. Todo ello genera la fiebre por el 18. Querámoslo o no reconocer es un delirium chilensis en una dimensión, donde comer hasta el hartazgo y beber sin freno funciona como una catarsis colectiva. Los chilenos, agobiados por las deudas, el desempleo o la informalidad laboral, encuentran en el 18 de septiembre un “paréntesis” necesario. Es la decisión consciente de gastar lo que no se tiene para olvidar, por unos días, la incertidumbre del resto del año. Así, el verdadero motor de la celebración ya no es el aguinaldo estatal, sino el plástico bancario; esa ilusión de prosperidad en tres cuotas precio contado que posterga la angustia para el mes de octubre. Financiamos la chilenidad con cargo al futuro, transformando el brindis en una deuda y la alegría en un pagaré. Tal y cual como ocurría en las antiguas bacanales romanas. O como ocurre actualmente en las Fiestas Julianas de Ecuador o en el Carnaval de Rio de Janeiro en Brasil.

216 años después de nuestra Independencia, lucimos nuestros mejores atuendos para celebrar un nuevo 18. El humo se apropia como nube tóxica en las poblaciones para festejar con un asado a “la chilena”. Y siempre con vino y empanada, aunque ahora la cerveza sea la bebida alcohólica más consumida por los chilenos en estas fiestas. Lo cierto es que seguimos celebrando mitos como el que señala que celebramos la independencia cuando lo que celebramos es la creación de la Primera Junta Nacional de Gobierno de 1810. Aclaremos: Chile solo la alcanzó de manera oficial el 12 de febrero de 1818. Y nunca la cueca fue nuestro baile nacional, tan solo a partir de 1979, bajo decreto supremo del Dictador de la época. Y si de celebrar se trata, nuestra juventud optó por la cueca brava y la cumbia chilena, viviendo una explosión febril en este punto. Una juventud que también baila al ritmo de la ingeniería financiera, donde la tarjeta de crédito opera como el invitado de honor que maquilla la escasez. Celebramos la abundancia con dinero prestado, en un Chile que prefiere empeñar los meses venideros antes que quedarse abajo de una fonda.

Hoy somos más diversos, más complejos, menos cohesionados que antes, resilientes y siempre solidarios. Las catástrofes naturales y las torpezas políticas nos educaron y nos transformaron de este modo. Pero no hay que temer ni asombrarse porque la vida es dinámica. Ante la falta de presupuesto individual, florecen los asados comunitarios, el esfuerzo compartido y las ramadas vecinales. La resiliencia chilena pasa de las catástrofes naturales a la resistencia económica. Es la dignidad del barrio que se organiza para ganarle al avance en efectivo y al interés rotativo, demostrando que la verdadera cohesión nace de la necesidad y no de los llamados al consumo. Tal como dijo Manuel Rodríguez, arengando a los chilenos de la época independentista: “Aún tenemos patria ciudadanos”, al menos la que nos queda. Hoy esa frase adquiere un nuevo significado: nos queda patria en la alegría de encontrarnos y mantener vivas las tradiciones, pero también nos queda la tarea pendiente de construir una patria donde llegar a fin de mes no sea un delirio ni un milagro, sino un derecho garantizado para todos.

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