Marcelo Constancio Olivares, nació en 1965 en Santiago de Chile. Creció parapetado tras un mundo de palabras provenientes de diarios y revistas, cuyas letras su madre recortaba para que aprendiera a leer. Cuando lo hizo, su primer contacto con los libros fue un ejemplar de Odas Elementales de Pablo Neruda. De ahí en más selló con la poesía un pacto indestructible. Su formación académica lo sitúa recorriendo los pasillos de la Universidad de Chile cuando estudia Teoría e Historia del Arte, con el gran maestro Adolfo Couve, quien descubre en él su vena literaria. Luego bajo el arco de Arcis estudiaría Periodismo. Esta carrera lo vinculó con el ámbito de las comunicaciones institucionales, a la par que publicaba su primer libro de poesía “Obituario de un artista y otros poemas” (Lom Ediciones, 2003). También ha colaborado con revistas y antologías. Un escritor de largos silencios, pero de provocadora pluma.

CERIMEDO, KAST Y LAS FÁBRICAS DE ESTIÉRCOL DIGITAL
Recientemente Chile fue impactado por una noticia que nos llegó desde Bolivia, en donde se dio a conocer que el consultor político e informático argentino Fernando Cerimedo había sido detenido bajo acusaciones graves, incluyendo un presunto intento de femicidio contra su expareja e investigación por enriquecimiento ilícito. Durante los allanamientos realizados por la Fiscalía boliviana en sus propiedades de La Paz, las autoridades incautaron grandes sumas de dinero en efectivo y descubrieron una infraestructura tecnológica descrita como una “mini granja de bots”.
El caso generó un fuerte impacto político en Chile por su presunta participación electoral y colaboración digital en la campaña de José Antonio Kast. También por otras operaciones previas que habría realizado a través de su agencia digital Numen Group, en donde habría estado vinculado a estrategias de comunicación digital de la derecha chilena y a encuestas masivas durante las campañas del Rechazo en los procesos constitucionales. La gravedad de estas acusaciones generó la creación de una Comisión Especial Investigadora en la Cámara de Diputados para aclarar el uso de “granjas de bots”, trolls y desinformación en los procesos electorales chilenos, apuntando a los posibles lazos de Cerimedo con el entorno del gobierno de Kast. Todo ello, mientras el propio presidente José Antonio Kast niega categóricamente que Cerimedo haya trabajado oficialmente en sus campañas o que sea asesor de su gobierno.
Pero hagamos el vínculo y hablemos las cosas como son y dejémonos de eufemismos tecnocráticos. Las llamadas “granjas de bots” y las redes de cuentas falsas no son “herramientas de optimización de la conversación digital” ni “estrategias de marketing político audaces”. Son, lisa y llanamente, fábricas de estiércol ideológico diseñadas para lobotomizar el debate público. Detrás de esos millones de perfiles con fotos robadas de modelos ucranianos o paisajes de stock, y nombres tan orgánicos como @Juan8374920184, no hay ciudadanos ejerciendo su libertad de expresión. Hay operadores mercenarios cobrando facturas millonarias por envenenar la convivencia social, operando desde oficinas que huelen a café recalentado y a cinismo.
Pero lo verdaderamente cómico —si no fuera porque destruye la democracia— es el espectáculo patético de los propios políticos, quienes terminan sufriendo de un delirio místico digital y creyéndose el amor de sus propios bots seguidores. Es un delirio narcisista digno de estudio clínico: el candidato paga una fortuna de fondos públicos o privados para que una empresa le configure un ejército de perfiles fantasma. Tres días después, entra a sus redes, ve diez mil comentarios que dicen exactamente lo mismo —“¡Excelente gestión, líder intelectual del futuro!”— escritos por cuentas creadas hace dos horas, y el tipo se lo cree. Se mira al espejo convencido de que es el nuevo mesías del pueblo, ignorando que sus feligreses digitales son en realidad tres servidores sobrecalentados instalados en un sótano. El político moderno ya no gobierna para los ciudadanos de carne y hueso que exigen hospitales y seguridad; gobierna para mantener contenta a su hinchada de silicio, respondiéndole con total seriedad a cuentas cuya única actividad diaria es publicar memes y estafas de criptomonedas.
Este mercenariado digital ha transformado la política en una parodia grotesca. Vivimos atrapados en un ecosistema donde cualquier desquiciado con presupuesto puede comprar la ilusión de un clamor popular. Es fascinante ver cómo un legislador propone una ley absurdamente ridícula y, en tres minutos, tiene a un enjambre de “personas” virtuales aplaudiendo en los comentarios como focas digitales. Mientras el ciudadano de a pie intenta llegar a fin de mes debatiendo con respeto sobre el futuro de su país, el ego inflado de un político —alimentado por el humo de sus propios algoritmos— le dicta de qué debe asustarse hoy y a quién debe odiar mañana. Las granjas de bots han logrado democratizar la infamia y la ridiculez: hoy un funcionario público puede armar una conferencia de prensa basándose en las “tendencias de la gente”, cuando la “gente” son en realidad tres bots programados en pijama desde la comodidad de un teclado, probablemente usando pantuflas de garra de oso.
Regocijarse en que “así funcionan las redes” es de una complicidad patética. Tolerar las granjas de bots bajo el pretexto de la libertad en internet es equivalente a permitir que una patota de matones encapuchados reviente a gritos una asamblea vecinal y llamarlo “pluralismo”. Si no empezamos a exigir una fiscalización penal implacable que persiga el dinero sucio detrás de estas cuentas, y si no obligamos a las corporaciones tecnológicas a limpiar sus plataformas de esta basura automatizada, terminaremos gobernados por el miedo y la mentira. Una sociedad que normaliza que su agenda pública sea dictada por fantasmas artificiales está condenada a convertirse en una sociedad de idiotas útiles, liderada por políticos ególatras que celebran su popularidad en un salón de espejos vacío, aplaudidos por un millón de pantallas que no votan.