Marcelo Constancio, nació en 1965 en Santiago de Chile. Creció parapetado tras un mundo de palabras provenientes de diarios y revistas, cuyas letras su madre recortaba para que aprendiera a leer. Cuando lo hizo, su primer contacto con los libros fue el libro de las Odas Elementales de Pablo Neruda. De ahí en más selló con la poesía un pacto indestructible. Su formación académica lo sitúa recorriendo los pasillos de la Universidad de Chile cuando estudia Teoría e Historia del Arte, con el gran maestro Adolfo Couve, quien descubre en él su vena literaria. Luego bajo el arco de Arcis estudiaría Periodismo. Esta carrera lo vinculó con el ámbito de las comunicaciones institucionales a la par que publicaba su primer libro “Obituario de un artista y otros poemas” (Lom Ediciones, 2003). También ha colaborado con revistas y antologías. Un escritor de largos silencios, pero de provocadora pluma.

LA NIEBLA EN LA MONTAÑA
No sé en qué instante todo se nubló. En su cima, aquella montaña redonda parecía una cabeza calva y solitaria. Cuando el sol emergía cada amanecer por entre los picos de la cordillera, una planicie brillante refulgía ante nuestros ojos. Tal magnificencia nunca venía sola, porque por todos sus costados asomaban árboles y arbustos que cubrían sus paredes, semejando entonces una alfombra casi vertical. Una muralla única y compacta pegada a su piel, que llamaba la atención de todos los turistas que se atrevían a internarse a pie a través de su silente follaje con la intención de cruzar la hondura mágica de su verde espesura. Decían, al culminar su travesía, que esa experiencia los marcaba para toda la vida. Es que hay que respirar y sentir al bosque y cómo éste habla y se levanta a través de todos los seres vivos que en él habitan. Alguna vez supe y estuve muy de acuerdo en que todos los silencios dicen algo.
Ya habían pasado demasiados años y poco o nada me costaba acostumbrarme a lo nuevo, quiero decir que ya nada me deslumbraba. Excepto tú. Pero, el crujir de un montón de hojas, tras el paso humano o el culebreo de alguna sierpe; o bien, el salto rápido de un ave de una rama a otra, formaban parte, explicaban a todos quienes los quisieran oír, del maravilloso círculo de sonidos de un bosque, de ese bosque que admiramos y que ya está a punto de desaparecer en todo el mundo, hablaban como locos esos turistas.
Así era también cuando ascendían lentamente los vehículos, avanzando en fila india como si hubiera una panne en la ruta, sorteando, en fin, las mil curvas del camino, para luego empezar a descender en la montaña anillo tras anillo a velocidad moderada, como en cámara lenta hasta alcanzar las primeras vistas de un mar rugiente, con las que tú y yo definitivamente alucinábamos. Recuerdo que me decías que no eras muy diestra con las curvas, que te daba miedo tomarlas y que tratabas de evitarlas, porque en tu ciudad aquello no era muy usual, porque todos los caminos y carreteras eran rectas largas e infinitas. Por eso mismo, me repetías, como las pistas van una al lado de la otra los accidentes son más habituales. En cambio, aquí, todo es más tranquilo y ordenado. Las conversaciones nos entretenían y ambos íbamos preocupados el uno del otro. Era la maravillosa música del amor o la conjunción planetaria o el dedo de Dios o como quieras llamarle, lo que nos empujaba como almas gemelas a escucharnos, a respetarnos, a valorarnos. La verdad, yo no sé en qué momento todo se comenzó a nublar entre nosotros. Por esos días yo siempre te miraba de reojo o dirigía mi vista hacia el espejo retrovisor y me placía que fueras tú la mujer con la que yo andaba, la que había elegido para que fuera la madre de mi hijo y para que juntos, como dios manda, lo criáramos. Así que, de puro gusto de estar al lado tuyo, de sentirte, cómo decírtelo, muy cerca mío, me sonreía. La cosa es que íbamos subiendo en el auto esa hermosa montaña tapizada de color verde musgo. Y mientras pasábamos las curvas me pegaba al lado contrario del vacío. No lo niego. Era algo automático y natural en mí. Tal vez nunca lo entendiste o lo tomaste como algo sin importancia o quizá ni siquiera te diste cuenta. Pero yo sufría. Sentía la sensación más horrible del mundo circulando por mi cuerpo. Por eso prefería pegarme a la ladera, como si el roce con la roca pudiera quizás salvarnos de rodar montaña abajo. El respeto que inspiraba ese camino no era más que el pánico puro a lo que podría pasar si algo salía mal entre nosotros. Nunca fui bueno para las alturas, me mareaban con facilidad. Sin embargo, aquel día el abismo no estaba solo abajo, en el precipicio, sino también junto a mí. Esos interminables y desesperantes vahídos comenzaron en la boca del estómago y se mezclaron con tu silencio, con la certeza de que ya nos habíamos despeñado sin darnos cuenta. El suelo se movía. No sé en qué instante todo se nubló, pero cuando el auto tomó la última curva, el aire se terminó por completo. La niebla nos tragó por fuera, y por dentro, yo ya iba cayendo en vertical.