Marcelo Constancio Olivares, nació en 1965 en Santiago de Chile. Creció parapetado tras un mundo de palabras provenientes de diarios y revistas, cuyas letras su madre recortaba para que aprendiera a leer. Cuando lo hizo, su primer contacto con los libros fue un ejemplar de Odas Elementales de Pablo Neruda. De ahí en más selló con la poesía un pacto indestructible. Su formación académica lo sitúa recorriendo los pasillos de la Universidad de Chile cuando estudia Teoría e Historia del Arte, con el gran maestro Adolfo Couve, quien descubre en él su vena literaria. Luego bajo el arco de Arcis estudiaría Periodismo. Esta carrera lo vinculó con el ámbito de las comunicaciones institucionales, a la par que publicaba su primer libro de poesía “Obituario de un artista y otros poemas” (Lom Ediciones, 2003). También ha colaborado con revistas y antologías. Un escritor de largos silencios, pero de provocadora pluma.
“El poeta es un hombre como todos, un albañil que construye su muro: un constructor de puertas y ventanas”
(Nicanor Parra)
Cuando Nicanor Parra irrumpió en la escena literaria hispanoamericana lo hizo como un ángel caído, rebelde. Probablemente, cuando publicó su libro Poemas y Antipoemas, en 1954, nunca pensó en los efectos que su acto tendría. Al buscar la democratización de la palabra muchos comenzaron a sentirse incómodos en los sitiales de su hegemonía. En otros, causó expectación y desasosiegos. En los demás, de algún modo incredibilidad y alguna que otra dosis de incomprensión.
Pero la historia lo consagró, porque este acto tan sencillo, pero difícil de aceptar, concitó la atención de todo el mundo literario, al poner de cabeza las bases de la poesía tradicional. Esta nueva corriente resquebrajó las normas literarias de siempre, invirtiendo los patrones de la época. Su proyecto enfrentaba la solemnidad, lo grandilocuente y el hermetismo imperante con el uso del lenguaje conversacional cotidiano y colocaba el foco de la creación en temas terrenales.
Todo este preámbulo se me viene a la mente cuando recuerdo una noticia leída hace no mucho tiempo y del todo disruptiva, que por cierto sacudió los medios de comunicación tradicionales y digitales. Se trata de la aparición del poeta chino Wang Jibing, un repartidor de comida a domicilio, que a diferencia de los rappi nuestros se dedica en sus ratos de ocio y post trabajo a cultivar la poesía y promover la lectura en Xuzhou, una de las ciudades más antigua de China.

A bordo de su motocicleta aún reparte comida a domicilio
Este poeta saltó a la luz pública luego de obtener el pasado 15 de julio, con su libro “Vuela Bajo” el IX Premio de Poesía Lu Xun, un premio literario no menos importante en su país y tras haber publicado, ya anteriormente, poemarios como Sosteniendo un haz de luz en el mundo, Gente con Prisa, Amo torpemente este mundo, entre otros.
Un dato relevante: Wang Jibing se hizo popular en el mundo de los internautas como “el Poeta Repartidor”, pero lo que pocos conocen es que en realidad no es un nombre nuevo en las lides literarias, ya que aparte de sus libros también ha recibido otros sendos reconocimientos como el Premio Oro de Escritura en el Segundo Concurso Internacional de Micropoesía, el tercer lugar en el Séptimo Concurso de Micropoesía Xu Zhimo y Premio al poeta del Año en el V Festival de Poesía de Xuzhou, entre otros.

Convengamos que para la cultura occidental este tipo de noticias resulta, por decir lo menos, asombroso, increíble, llamativo. Dicho de otro modo, estos galardones, bajo nuestra concepción, están restringidos solo a los poetas del establishment o a aquellos provenientes de los círculos literarios consagrados. Por esa razón es que recobra sentido una vez más lo de Parra, porque rompe moldes, costumbres, prácticas e intereses tradicionales.
Pero qué hace posible que esto funcione de esta manera. La respuesta es muy simple y es que el gobierno chino, en conjunto con la Asociación de Escritores de China construyeron y aún impulsan una activísima agenda cultural basada en la gente. Es así como, entre otras cosas, han reformado los certámenes literarios -donde la élite y los clubes literarios de turno ejercían su monopolio-, además de sus sistemas de evaluación para dar protagonismo a los trabajadores y la literatura de los medios digitales, provocando el tiraje de la chimenea de manera democrática. Esto, unido a que bajo el prisma chino el proletariado es el que debe escribir su propia historia.
Pero tampoco hay que ser tan ingenuos, porque en los tiempos actuales los ecosistemas digitales masivos cobran una preponderancia inusitada, sino que lo diga Elon Musk, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg. En este contexto, el desarrollo tecnológico, entre otros, que esta superpotencia posee, priorizó una política de gobernanza de la sociedad a través de políticas culturales de larga tradición. De ahí que los poderosos algoritmos de los sitios WetChat o Douyin dirigieron y apuntaron como los dedos del Dios de Miguel Ángel en el cielo de la Capilla Sixtina, su interés hacia historias inspiradoras como las de Jibing. Esto generó la empatía social y viralizó sus poemas a full. De ahí a ser ultra conocido y publicado por las editoriales internacionales solo bastó un clic.

Wang Jibing es un poeta prolífico, ha escrito más de 6 mil poemas
Por lo demás, hay que ser honestos, en China, cuna de una cultura milenaria, históricamente el sabio o erudito no sufre de la trampa del ego como suele ocurrir en el mundo occidental con nuestro poetas y artistas, tan necesitados de la validación del poder que atraídos por la consagración suelen tentarse más allá de lo prudente. En suma: los primeros siempre anteponen una condición de humildad en su quehacer como ocurre con Jibing, quien, aunque sexagenario y montado sobre una motocicleta, nunca alardea de sus logros literarios, solo continúa con el arte de escribir para que no se enfríe su pluma. Muy distinto a lo que vivimos en nuestro mundo occidental donde todos los premios están estrechamente relacionados con los cenáculos literarios, círculos académicos y con la industria del libro, cuyo respaldo resulta una condición sine qua non para sellar el destino de un autor. Y algo que no es posible obviar es que también prolifera la vieja idea y que se da por descontada, que para ser escritor se debe pasar por algún taller de escritura creativa de élite o haber obtenido alguna beca artística, instalando la idea de la profesionalización de la escritura y disociándola de cualquier otra actividad manual.
Sería muy difícil en un país como Chile u otro semejante, que un obrero poeta como Jibing alcanzara la notoriedad como tal. Lo que ocurre es que los medios de comunicación y el propio mercado solo hablarían de su caso, y de hecho así lo hacen, como un fetiche. Emanarían expresiones como “una curiosidad exótica del Oriente” o bien como una historia de superación personal. Pero, difícilmente podría ser considerado como un poeta de alto vuelo -aunque de hecho lo es- o siendo reconocido con un premio de envergadura como el Nacional de Literatura. En la escena literaria, al menos, chilena, los escritores y poetas, por sobre todo, requieren siempre de la bendición de un padrino, siempre otro poeta, pero consagrado, o un partido político; o bien de la aceptación de la academia y los círculos literarios de élite.
Ahora bien: todo esto es comprensible, porque el mercado de lectura en Occidente solo busca las historias del héroe individual que logra el éxito por sus dones artísticos. Al igual que Parra rompe la torre de marfil, Jibing rompe un molde secular. Su labor se vuelve significativa y trascendental al unir a lo propio el atrevimiento y la disrupción de Parra. De hecho, cuando asume el rol de sociólogo al encuestar a sus compañeros de trabajo no hace sino bajar del Olimpo y recopilar insumos para su creación. Lo de Jibing es la historia del colectivismo frente al hiperindividualismo. Al final del día esto da como resultado cuál es el verdadero significado del arte. Porque lo que para unos es una práctica individualista de autoexpresión y superación personal (Occidente), para otros (China), en cambio, se entiende como el camino del destino a lo colectivo, un deber social.
GENTE CON PRISA
Del aire extrae el viento
del viento extrae cuchillos
del hueso extrae fuego
del fuego extrae agua.
La gente con prisa no tiene estaciones
solo tiene esta parada y la próxima.
(Del autor Wang Jibing y su libro “Gente con Prisa”)

Poeta, repartidor de comida a domicilio y Asociación de Promoción de la Lectura en su ciudad.