Cuento “Don Jorge” del Escritor Marcelo Constancio

Cuento “Don Jorge” del Escritor Marcelo Constancio

Don Jorge

A don Jorge Amalio nunca le gustaron los protocolos ni los ritos. Y representaba su fastidio haciéndole muecas a todo lo que no era de su agrado. Alejado de las tradiciones, burlonamente se refería a ellas como el pan de la mentira, porque mantienen la estructura de la imbecilidad e hipocresía en el mundo. Y no es que se considerase un amargado o algo así, sino alguien más auténtico. Por esa razón siempre prefería lo contrario; irrumpir de la nada para marcar la diferencia, para sentirse más pleno, más feliz. Me gusta ser así porque de ese modo me siento más libre, solía comentar a sus más cercanos. Apenas acababa de agradecer a su mejor amiga su saludo de cumpleaños que por costumbre le era enviado tempranamente por whatsapp, la única forma posible en que me leerás, le decía por ahí mismo, ya que sé que no te gusta responder el teléfono, argumentaba al final, y cuyo mensaje siempre esperaba con cierta desidia y casi mecánicamente cada año. Él, por su parte, retroalimentaba aquella conversación, aunque más para sí que para ella, dándole como respuesta algunas reflexiones acerca de la increíble e inexorable cuestión del paso de los años. Lo comparaba, por ejemplo, como un leve aire que acompaña y acaricia desde la más tierna infancia, hasta presentarlo como un vertiginoso ciclón cuando ya se es más adulto. Me resulta curioso, pensaba, que al principio de nuestros principios es nuestro mejor aliado, como el amigo imaginario del que siempre hablamos, porque en su invisibilidad no sentimos su voz ni sus límites, y entonces somos inmortales, pero tan solo hasta más tarde cuando ya somos testigos de la increíble fragilidad humana. Aterroriza, primero; espanta, luego, porque comienza la consciencia de nuestros miedos y debilidades, nuestros inefables demonios, para luego armonizar nuevamente nuestras vidas y capturar los momentos. Esa bella instantaneidad del ser, escribía. Atrapado en sus propias cavilaciones solo advirtió el tercer llamado de una voz metálica y sorda proveniente de un parlante a medio pasillo. Don Jorge Amalio, pase a la consulta, box 4. Se puso de pie, escrutó su entorno, más por manía que por curiosidad, aunque era algo que hacía regularmente, y caminó lento, pausadamente, como contando los cerámicos del piso, tanto que el médico de turno con cara de pocos amigos salió a su encuentro por la demora, pero ya al percatarse de quien era dejó de hincarle el diente a su ansiedad y se detuvo, esperándolo en el umbral de la puerta para hacerlo entrar. Los médicos suelen tener muy buen olfato. Cuando lo vio notó en su rostro algo especial, particularmente algo distinto. Sólo fue cosa de segundos y ya. Era un don familiar decían los padres del hombre de delantal blanco. Lo cierto es que los médicos también se pueden equivocar en los diagnósticos, pero difícilmente en la intuición. Buenas tardes, ¿Don Jorge? Sí. Adelante, por favor. Gracias. Aquel breve intercambio de palabras marcó la cordialidad de aquella visita. Pronto cumpliré los setenta. Por eso vengo doc, para revisar mi máquina, decía tranquilamente.

Don Jorge como lo llamaban en su barrio era un tipo normal. De esos que son fáciles de acercársele, para entablar diálogos breves y no tan breves, consultarle algo, cualquier cosa, alguna duda o sacarse la rabia por los resultados de un juego de azar o en el peor de los casos de la mierda de arbitraje del último partido que has visto. Don Jorge siempre tenía tiempo para todos y para todo, porque poseía habilidades extraordinarias que él mismo incluso desconocía, como saber escuchar y contar hasta cien para espantar la impaciencia. Lo hacía simple y llanamente porque le nacía. Se detenía por un momento que después eran horas de charla. Prestaba oídos a todo lo que le contaban y miraba atento con los ojos grandes como los de un niño asombrado. Apenas se iniciaba la conversación, de inmediato se percataban que estaban frente a un hombre en quien podían confiar. Don Jorge tenía eso, inspiraba confianza. Doc, le dijo de nuevo, yo quisiera vivir cien años, pero de buena manera. Por supuesto, le respondió aquél con una sonrisa condescendientemente irónica. Veamos entonces cómo anda la cosa. Se puso de pie, al mismo tiempo que tomó su estetoscopio y le pidió recostarse en su camilla, luego tactó su estómago, y observó sus pupilas, su boca, sus oídos, y su lengua. Enseguida puso con delicadeza la esfera plateada de su estetoscopio en el centro de su pecho, hizo lo mismo en su espalda, mientras le pedía una y otra vez repetir el número treinta y tres como si fuera un mantra. Pero se detuvo. Fue extraño eso. Nunca lo hacía. Al menos de ese modo. Era como si hubiera llegado a un callejón sin salida o como cuando notificaban a alguien de un despido. Usted, ¿anda solo? Preguntó el doctor. Sí, dijo suavemente. Debe realizarse los siguientes exámenes de manera urgente. Aquello lo dijo rápido y fríamente. Sabía que en estas cosas había que actuar de ese modo para evitar dilaciones y complicaciones. Y don Jorge se fue obedientemente, sin pensarlo dos veces.


El escáner se puede sentir. Son sonidos gruesos y pesados como si estuvieras en otra galaxia. Realmente, se decía para sus adentros, aquella máquina hablaba más que cualquier funcionario de salud. No es como los rayos equis donde poco o nada suena y puedes sentir el peso del chaleco de plomo en el cuerpo. Y donde vestido así, casi ridículamente, más pareces un personaje de la edad media. De esos caballeros que corrían y luchaban por su reino. Estaba convencido que podía soportar ese fastidio de tantas posturas si al final lograba lo que deseaba; es decir, aquellas placas siempre oscuras y gigantes. Pero esta vez era diferente, se trataba de una máquina intimidante, cuyo susurro sordo y sistemático abrumaba su cerebro y le hacía pulsar palpitaciones a diestra y siniestra. Lo llamaron a la calma. Pero esa encerrona, pasando su cabeza a través de un túnel lo incomodó. No podía. O tal vez sí podía, pensó, era cosa de calmar los nervios y lograr ese puto auto control budista como jocosamente lo llamaba. La máquina se demoraba lo que los técnicos quisieran. Y llegó a pensar que lo hacían de puro placer sádico. Cómo se reirían y gozaban con el sufrimiento ajeno, seguro que hay más de alguno tras esa ventanilla que piensa así. Los sonidos siguieron como disparos provenientes de una ametralladora. Aquello era una guerra contra su desasosiego o sería la paz definitiva para sí. Todo era probable. Y qué tal si aquel mismo examen hubiese que repetirlo y él lo pensó y no lo hubiera querido para nada. Así que apenas concluyó su martirio, se quitó su camisa de paciente en tránsito, despidiéndose de todos y de nadie, porque sólo escuchó “buenas tardes”, desde el fondo de aquella sala semioscura. Y eso fue todo. Para qué más, decía, si no quiero volver nunca más aquí.


Así, pero más cansado aún de lo normal como si llevara un edificio a cuestas, se acercó hasta el médico, quien lo reconoció de inmediato, lo cogió del brazo y lo sentó suavemente otra vez en la camilla. Miró los exámenes en línea y le comunicó sin demora. Don Jorge, lamento decirlo, pero usted tiene cáncer. Impávido solo atinó a pensar que tal vez así era siempre. Impacta de todos modos que te lo digan a quemarropa. Pero pensó de nuevo que mejor de esa forma, porque dolía menos. Fue simple y directo, qué sangre fría, pensaba, mientras apretaba los labios.
Igual los entiendo, eso de trabajar con las enfermedades y andarle robando personas a la muerte era un trabajo del carajo. Solo quiso marcharse pronto de aquel lugar, porque ya nada tenía que hacer ahí. Tan pronto recordaba las palabras del médico se enfadaba consigo mismo. No, no hay cura para lo suyo, solo tratamientos paliativos, pero deberá venir cada cierto tiempo. Lo cuidaremos, hasta cuando más podamos. La verdad no sabría decírselo, tal vez uno o dos meses como mucho. Todo era extraño. No quería saber lo que le deparaba el destino. A sus años, morir en los huesos no era una decisión soñada. Para nada. Tenía claro que las enfermedades desalientan la vida, pero saber la cercanía de la muerte es otra cosa. Sabía cómo sería todo, porque lo había visto mil veces por televisión, en fotos o en visitas a amigos que ya habían partido de la misma manera y no era nada de agradable, ni para quien partía ni para quienes lo acompañaban. Se sentía triste y al mismo tiempo desolado. No tenía ninguna opción, tan solo esperar a que llegara aquel momento. Y cómo sería ese momento, acaso estaría consciente y lúcido cuando llegara su hora. Qué sentiría entonces, quién estaría a su lado. Y aunque siempre la muerte es absurda, morir de ese modo lo es aún más. Pensó eso, para qué esperar a sufrir lenta y gradualmente, y dejar que la enfermedad más devoradora del planeta te coma por todos lados el cuerpo, hasta no poder dar más. Es demasiado. Para qué sufrir, quién quiere experimentar el dolor más infame del mundo, recogiéndose de sufrimiento hasta quedar enrollado como un feto infeliz.


Salió de la clínica, un tanto abrumado y contrapuesto. Y no era para menos, la vida se le iba. Enrumbó sus pasos lentos y llegó al paradero de siempre. Allí solía esperar el bus que lo llevaría de regreso a casa. Entonces hizo memoria de las mil veces que estuvo ahí aguardando ese recorrido inútil que no respetaba su frecuencia diaria. Recordó que cuando inauguraron la nueva línea las autoridades de turno la anunciaron pomposamente como la mejor del mundo. El resto lo hizo su particular color rojo y su motor silencioso, cruzando como una nave aterciopelada de lado a lado la ciudad. Como suele suceder en estos casos el tiempo dijo otra cosa. Y la gente empezó a sufrir los estragos de aquella mala administración, hasta el colapso de aquella línea que provocó un día de furia popular. Entonces acudió a su cabeza la idea más loca del mundo. ¿Y si todo terminara aquí? En ese instante, sus ojos relucieron mientras su rostro conservaba el último rictus de seriedad que le quedaba. Apenas si una lágrima asomó por las esquinitas interiores de sus ojos. Mientras tanto, los peatones avanzaban como legiones exultantes en medio del centro de la ciudad y un comercio crepitante bullía bajo la afluencia de la multitud. El ambiente estaba convulsionado por la celebración de alguna fecha significativa que, en todo caso, ni siquiera recordaba cuál de todas podía ser. Esa tarde, el sol brillaba más que nunca; en fin, la vida resplandecía.

Marcelo Constancio, nació en 1965 en Santiago de Chile. Creció parapetado tras un mundo de palabras provenientes de diarios y revistas, cuyas letras su madre recortaba para que aprendiera a leer. Cuando lo hizo, su primer contacto con los libros fue el libro de las Odas Elementales de Pablo Neruda. De ahí en más selló con la poesía un pacto indestructible. Su formación académica lo sitúa recorriendo los pasillos de la Universidad de Chile cuando estudia Teoría e Historia del Arte, con el gran maestro Adolfo Couve, quien descubre en él su vena literaria. Luego bajo el arco de Arcis estudiaría Periodismo. Esta carrera lo vinculó con el ámbito de las comunicaciones institucionales a la par que publicaba su primer libro “Obituario de un artista y otros poemas” (Lom Ediciones, 2003). También ha colaborado con revistas y antologías. Un escritor de largos silencios, pero de provocadora pluma.

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