“El fútbol es el espejo del mundo, y el mundo es un reflejo de lo que ocurre en el campo de juego”
Jean-Paul Sartre
Marcelo Constancio O., nació en 1965 en Santiago de Chile. Creció parapetado tras un mundo de palabras provenientes de diarios y revistas, cuyas letras su madre recortaba para que aprendiera a leer. Cuando lo hizo, su primer contacto con los libros fue un ejemplar de Odas Elementales de Pablo Neruda. De ahí en más selló con la poesía un pacto indestructible. Su formación académica lo sitúa recorriendo los pasillos de la Universidad de Chile cuando estudia Teoría e Historia del Arte, con el gran maestro Adolfo Couve, quien descubre en él su vena literaria. Luego bajo el arco de Arcis estudiaría Periodismo. Esta carrera lo vinculó con el ámbito de las comunicaciones institucionales, a la par que publicaba su primer libro de poesía “Obituario de un artista y otros poemas” (Lom Ediciones, 2003). También ha colaborado con revistas y antologías. Un escritor de largos silencios, pero de provocadora pluma.
“Fútbol: Élite, Engaño, Poder”
Mientras el sol de la tarde se posa tórridamente en el sur de un territorio atiborrado de rascacielos, una mole de cemento anclada a tierra se erige como un monumento a la ambición, luciendo como único atuendo una impactante arquitectura de muros de cristal que semejan espejos brillantes de un cielo ancho y ajeno. Como si fuera la elipsis gigante de un coliseo o anfiteatro, su construcción se alza magna y poderosa.
Provista de una ingeniería futurista sus murallas de cristal parecen alas mecánicas de algún ángel androide. Obedientemente, o se pliegan para observar las estrellas o bien se contraen para detener el paso de un implacable calor de verano. Cuando un viento susurra al oído de sus habitantes, el techo se desliza como un abanico en silencio, mientras la luz comienza a decaer en el horizonte y el cielo se colma de arreboles rojizos, anaranjados y lilas. Traen la calidez de la templanza que asoma con el paso de las horas, donde el lenguaje de una mística interior cobra vuelo.
En el centro de este escenario se circunscribe un cuadrilátero perfecto: ancho y compacto, extendido como un mullido tapete de color verde hacia los cuatro puntos cardinales del orbe. Aguarda el roce sutil de un esférico sagrado que contiene el aliento, al mismo tiempo que en las gradas las lenguas del globo se mezclan al unísono. Sobre su superficie levitan piezas humanas en constante movimiento, danzando ágiles y gráciles colectivamente la misma música de fondo donde el destino y la geometría se unen a través de un pasatiempo milenario. Es una puesta en escena grandiosa, epopéyica y, por cierto, arquetípica, pues nos recuerdan los grandes torneos de la historia. Una arista ancestral que nos retrotrae hacia la más antigua referencia que hay de este deporte: su cuna china nos reporta los juegos militares cuju en el siglo III a.C. También la cultura mesoamericana vibró con los rituales de pelota, y ya incluso en su versión más moderna, la inglesa, logró redactar su primer reglamento a fines del siglo XIX.
En él, quienes son los actores principales semejan guerreros ansiosos de dar la última batalla, donde un espacio se abre para el todo o nada. Donde nada es el olvido, el ostracismo y la ignominia, en tanto que la gloria: la eternidad, el respeto. Al igual como ocurría en la antigua Grecia, los jugadores son gladiadores figurando individualmente en largas expresiones musculares que llevan al paroxismo a una multitud que en las tribunas vitorea a sus atletas íconos más allá de sus propios límites. Pero toda obra es cúlmine cuando llega su catarsis colectiva y en ésta se alcanza con un acto supremo y vital: el gol. Es en este lienzo humano donde los actores dibujan un sinnúmero de trazos como ecuaciones en zig zags, alimentados de gambetas y regates. La regla de oro de esta distracción masiva es el uso de la fantasía, la velocidad y la fuerza como instrumento de victoria. La cancha se ha convertido en un escenario llano, dispuesto para el malabarismo que convoca técnicas exquisitas para mantener el dominio del balón y buscar superar con múltiples destrezas fuera de toda lógica, al rival.
En este ritual del poder todo puede suceder ante los ojos. Nada se da por descontado. Y, sin embargo, siempre el engaño supera la razón o la vista, así como la credibilidad de las ochenta mil almas en las gradas. Pero tales proezas se alcanzan en las más altas cumbres, donde el fútbol es una paradoja vestida de frac. Porque donde está la élite hay fiesta. El truco es la fiesta. Y aquí, al descampado, la élite lo controla todo. Como en una película hecha realidad el guión se conoce de antemano y no hay posibilidad para el doble discurso ni para transgredir al stablishment. No existe posibilidad alguna para la sorpresa. Por eso el fútbol es el deporte por antonomasia del engaño. En él, nada es lo que vemos sino lo que nos ofrecen ver. En esta magnitud del artificio todo lo que no es posible existe, pero también donde lo que no es de todos, aparentemente lo es, aunque de cierto que es cierto solo lo es para unos pocos, los elegidos de la élite económica y social. Raya para la suma: para la gran masa, solo pan y circo; para una minoría selecta, el oro.
Los obreros que visten de esmoquin entrelazan jugadas, tejen de memoria o urden en fracción de segundos un avance o un control del balón. O bien, quedos a la espera para cortar el juego o al rescate de una esfera rodante, inquieta, táctil. Estrategia y táctica juegan a la par. Todo transcurre contra el tiempo, otro invitado de piedra que juega en la dimensión de lo invisible, pero que sanciona, delimita y separa lo que es de este mundo y del otro. Mientras tanto, en el graderío del bullicio los espectadores visten llamativos y jocosos atuendos cuyo color identifica a cada uno de sus equipos. Es su hilo comunicante. Lanzan gritos, corean cánticos que retumban en el óvalo abierto de la tarde. En las tribunas vip se erige la élite como emperadores de una nueva Roma. Los clamores de la hinchada son los clamores de la plebe que derraman sus identidades y ruegos por todo el estadio. Las identidades se conectan, se confunden, se amalgaman. Donde los muchos son uno y todo. En este espacio común resuena un vocerío de desamparo e injusticia, donde ver derrotar a Goliat es el desiderátum de todo el globo. Mientras en el círculo central un universo se contrae a un ínfimo pedazo de cuero inflado, en sordina, la élite solo observa y mueve con sigilo los anillos del poder.