Columna de opinión de Pedro Toro Concha – La batalla cultural y el lenguaje bélico.

Columna de opinión de Pedro Toro Concha – La batalla cultural y el lenguaje bélico.

Pedro Toro Concha, escritor y artista visual legüino en constante formación e investigación popular. Gestor Cultural de la Universidad Tecnológica Metropolitana. Editor de la revista Clan Kütral y parte del colectivo Cable Corta’o. Ha participado en varias antologías y ha escrito poemarios y recopilaciones de cuentos. En el 2023 publicó “Boletín para no olvidar” como recopilación de sus lecturas en las jornadas de “Poesía es Memoria” y en el 2024 publica la novela “La Niña en la Higuera”.

La batalla cultural y el lenguaje bélico

Mucho se habla de “la batalla cultural” en estos tiempos, sobre todo desde las posiciones políticas reaccionarias a la organización popular. Se pretende instalar conceptos para definir ideas, valores y creencias dentro de un grupo o de una sociedad completa. La idea es repensar o hacer que otros piensen el mundo de una manera particular. Esta “batalla” ocurre hoy en medios de comunicación, redes sociales, en el arte en general, en la literatura, el cine, en los libros de historia, en los documentos oficiales, en los estudios académicos, incluso en las clases de los colegios. Puede llegar a ser abrumador, pero está ocurriendo en todos lados y todo el tiempo. Estamos recibiendo ese impacto cada día y por lo general es negativo.

El lenguaje bélico lleva décadas presente en el mundo de la cultura. Frases que dicen “vamos a luchar” o “vamos a dar la pelea” vienen resonando desde hace mucho. Los muros han traspasado décadas dando soporte a frases de este tipo y sumando una serie de símbolos bélicos, “manos empuñadas”, “armas” y “fuego”, que también es parte de un lenguaje que comunica. Hoy los muros pueden ser digitales.

¿Cómo se lee este lenguaje bélico hoy en un mundo intensamente bélico, con varias guerras en proceso, genocidios televisados y normalizados por medios masivos a escala global? Nuestro lenguaje puede ser muy destructivo en el mundo cultural y ese lenguaje está presente y no siempre se puede dejar pasar. Hay una batalla cultural en proceso todos los días. Desde nuestras propuestas culturales ¿debemos sumarnos a esa batalla?

Hay quienes tienen suficientes recursos económicos para liderar esas contiendas. Pueden tener medios de comunicación completos, o canales de streaming financiados o universidades privadas al servicio de sus intereses. Pueden marcar líneas editoriales, con un disfraz de pluralismo y democracia. Pueden lanzar “misiles” de mentiras y desinformación, o hacer “guerra” psicológica desde la profundidad de la academia. En ocasiones ocupan el lenguaje pasivo-agresivo para decirnos y mantenernos bajo amenaza de manera constante, pero con buenas palabras.

Todos los conceptos importantes en “la batalla cultural” están en juego. Se habla de “derechos”, “libertad”, “ideología” y “patria”, entre otros. Se cuestiona quiénes son las “víctimas” y quiénes los “héroes” en sucesos históricos documentados. Es tanto el volumen de información que muchas personas se confunden, dudan y se agotan. Ese agotamiento termina siendo resultado de la misma batalla, hay una saturación discursiva que no es al azar. Con eso ganan por cansancio, cuando finalmente no se quiere seguir con una conversación infructuosa y se termina dando la razón. Ese cansancio también llega a los cuerpos de las personas afectadas, no es tan abstracto como se cree. Un ejemplo terrible es cuando a una víctima de tortura se le dice que miente, esa persona y su familia pueden revivir dolores emocionales y físicos. O cuando se pone en juego el concepto de “libertad” y las personas manifiestan emociones intensas y pueden llegar a exponer sus vidas por ideas sin sustento real.

“La batalla cultural” también está presente en las guerras en curso. Decir que lo de Gaza es genocidio es un acto político y claramente no es solo una idea en internet, son miles de cuerpos mutilados por armas proporcionados por el resto del mundo. Fíjese usted que pocos medios se atreven a decirlo de esa forma.

Las situaciones como el negacionismo o la relativización de los sucesos documentados de distintas instancias deshumanizantes, por ejemplo, negar la dictadura, torturas y desapariciones en Chile y negar el genocidio en Gaza, son ejemplos claros de los efectos de un conflicto que pasa de las palabras a la acción. Nada de eso es casualidad. No son solo palabras, son agresiones verbales y simbólicas.

“La batalla cultural” es un conflicto constante para establecer la realidad, pero una realidad inestable y cuestionable. Llena de noticias falsas, mentiras, verdades a medias, estudios dudosos. Es una batalla en gran medida semántica. Algo que quiere resignificar cada palabra y cambiar las ideas afines asociadas a ellas. En la novela 1984 Orwell nos advierte cómo el totalitarismo gana esa batalla cultural manejando el lenguaje, donde nadie discute ni debate, la realidad se cambia por medio delMinisterio de la Verdad y si alguien quiere decir lo contrario, se le tortura con su peor miedo hasta que diga lo establecido.

En nuestra sociedad actual no hay un totalitarismo, al menos en Chile. Por eso es que debemos seguir debatiendo, incluso explicar que el agua moja o que la tierra no es plana. Debemos elegir con inteligencia cuándo y con quién debatir. No podemos dar espacio al sionismo y al fascismo para agredir verbalmente o con acciones simbólicas. El fanatismo y las lealtades distorsionadas son enfermedades en una sociedad contemporánea que persigue un bienestar común. No podemos aceptar la crueldad de los discursos negacionistas. Hay que colaborar con acciones concretas para el desarrollo de las ideas de las personas que buscan el bien común, porque el lenguaje bélico sólo construirá realidades bélicas.

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